Para una verdadera historia de la humanidad
Tardé bastante en animarme a contar esta Historia,
qué digo diez años, o digo veinte mil años, y esta última exageración se irá
haciendo realidad a medida que se enteren. Qué importa si lo creen o no ya,
solo quiero sacar el entripado, la culpa por la tardanza de la palabra
empeñada; voy a relatar todo- tal- cual como pasó. Para quienes no me conocen
soy abogado de derechos humanos, lo que es una vocación de indigencia, muchos enemigos,
paisajes desolados (represiones aquí, torturados allá, pobreza por doquier), no
sin un poco de aventuras de por sí muy peligrosas: cortar alambrados a
medianoche, ser amenazado por comisarios y, de tanto en cuando, ser enjuiciado
por injurias o usurpación. Lo que relataré sucedió el primer año de este siglo,
con el neoliberalismo que era, en sentido grimoriano, el pandemónium que devoraba
a la humanidad y al planeta. Los luchadores sociales (piqueteros, pobladores originarios,
campesinos, feministas, ecologistas, etc.) comenzaban a hacer encuentros, bajo
el ejemplo y pensamiento de lo que sucedió en Seattle, preparaciones para lo
que después serían los grandes foros en los que participarían los grupos organizados
de base, definiendo nuevas clases de luchas, ya que habían fracasado guerrillas
y movimientos trotkistas o maoistas en Latinoamérica. Nacíamos los nuevos
subversivos, los subalternos. Esta vez estábamos en Valparaíso, era mi segundo
viaje a estos encuentros preparatorios; el primero había sido en Asunción, un
año antes. Agendas concentradas para dos días, realmente jornadas agotadoras.
Todavía encontrábamos a ex combatientes de las guerrillas para los cuales la
única verdad era la teoría del foco guerrillero, que no querían aceptar o discutir
otras estrategias. En eso se perdía gran parte del tiempo en los grupos que
conocí (tierra, cultura y corrupción policial). Respetables, pero muchos buscábamos
otros caminos. Luego de esas jornadas, de haber
compartido algo de sabiduría mapuche y diaguita, de haber conocido
increíbles feministas y luchadores, había planeado estar dos días más en esa hermosa
ciudad y hacer turismo como a mí me gusta: la historia social de sus esquinas:
que en esa calle había nacido tal canción de Víctor Jara, que más allá los carabineros
de Pinochet fusilaron a unos muralistas, que O’Higgins y San Martín, que
Jodorowski y Neruda, y Osorio, Stranger la avenida España… Visitar la historia
social de un lugar es para mí el turismo más apasionante, mejor que placentero.
Conocí un guía de lujo, Juan, un músico y militante de izquierda que se las
traía. Había llegado de noche y caí en un bar cualquiera de Valparaiso,
cansado, un comarqueño con una guitarra y un instrumento mapuche subió a lo que
se llamaría escenario, que era una tarima pequeña en una esquina del bar, y
comenzó a cantar en Mapuche, luego
instruyó simpáticamente a todos para que hiciéramos unos tonos con la canción
cuando moviera el sonajero y todo el bar acompañó otra canción que, también
cantada en mapuche, y aunque no entendiéramos el idioma, todos nos sentimos
parte. Lo felicité y me uní en su mesa que ya contaba con dos compañeros más y
nos hicimos muy amigos. Al otro día, ya tarde cuando salí del encuentro, me
mostró la ciudad como realmente quería verla con todas las historias vereda
vereda pared y pared, fuimos a algún lugar a tomar cerveza con pisco, donde
tocaran música artistas del lugar. En la segunda tarde me dijo Juan que quería
presentarme a alguien que no había estado en las jornadas y nos fuimos a Viña
del Mar, una playa clara en esa parte del día en la que el sol esconde sus últimas
llamaradas. Una hermosa mujer, Umala, como de cincuenta años, vestida comúnmente
pero con prolijidad, de tez muy blanca y cabello sin teñir canas. Me dijo, con
un tono casi solemne, que tenía una historia para contarme. Macanudo, dígame,
le dije, prendí un grabador VOR que siempre llevaba. Iba a contar la historia
de la humanidad entera, no lo dijo y tampoco era posible imaginarlo. Pidió
hacer promesa de ser lo más fiel posible a lo escuchado. Los corchetes son
propios, alguna manera de organizar la memoria.
“Usted ahora sabrá, toda la historia de la humanidad
comienza con la invención de una máquina de vapor que ayudaba, en una mina, a
sacar más carbón de la tierra. Los niños seguían trabajando allí hasta que
exhalaban el líquido negro de sus pulmones; solo entonces eran reemplazados por
otros niños sanos …”
Así comenzó su relato, quise interrumpir, decirle que ya sé esa
historia ya la conocía, que es la historia de la máquina de Savery, en
Inglaterra, a los comienzos de la explotación industrial. Fué mejor no hacerlo.
Tenía una voz profunda, femenina, “shilena”, grave.
Siguió diciendo “…La máquina no facilitaba a los
niños su trabajo, solo potenciaba la extracción al empresario. Con este hecho
inicia la llamada era industrial y con ella la destrucción del hombre, de la
mujer y de la naturaleza, por el hombre. Ahora le llaman capitalismo. La
codicia, más que liberada, racionalmente organizada, nunca razonablemente. Y no
más de un puñado de familias gobernaba un mundo de guerras y hambre, acumulando
tanto dinero que podían comprar cinco planetas, mientras destruían y agotaban
este planeta, con más ganancias todavía. El precio fue que extinguieron la
mayoría de las especies animales y vegetales, este mundo casi queda sin bosques
naturales, atestado de residuos, superpoblado y con poblaciones despojadas
hasta de sus mismos países. Toda esa devastación solo en tres siglos y una
pizca así de años…”.
Claro, todo eso lo sabía, recuerdo que en ese momento agarré el
grabador con la intención de apagarlo, por alguna razón –o por la mirada
benévola de mi entrevistada- no lo hice. También me impacientaba saber qué
podía seguir luego de esa síntesis.
“Fue
una larga lucha crear conciencia desde los movimientos ecologistas,
contraconsumo y antiempresariales, para poder construir una civilización que
pudiera reparar el planeta. Muchas veces el tiempo parecía el peor de los
enemigos. Primero hubo que abrir los ojos a la humanidad sobre que los medios
de comunicación cooperativos son los únicos que informan, a la vez que los
medios de comunicación corporativos o empresariales, grandes o pequeños que
fueran, eran los enemigos más crueles. Hubo guerras en todos los niveles y deserciones
por ambos lados. Solo la decisión urgente de terminar con el empresariado, que
solo causaba contaminación y depredación, fue lo que salvó al mundo. En un
principio, unos pocos países, los países socialecológicos, comenzaron a
alinearse en este sentido. Fueron tildados de tiránicos, terroristas,
despóticos, demagógicos todos y en cada uno de ellos, hubo intentos de
asesinato de sus líderes, desestabilizaciones financieras, desabastecimientos,
inflaciones pensadas desde los grandes conglomerados comerciales,
francotiradores, sicarios. Algunos tuvieron golpes de Estado bajo el disfraz de
la “institucionalidad”, “constitucionalidad” o “legalidad”; pero al final, los
que lograron preservarse, pudieron llevar a cabo las transformaciones y ser
ejemplos para las sociedades y militantes en todos los otros países. Los países
industrializados comenzaron a dar bombardeos pero tuvieron que frenar porque
sus mismos ciudadanos luchaban pacíficos, intestinamente, sin descanso, en contra
de políticas de guerra de sus propios países. Fue entonces cuando las batallas
empezaron a darse dentro de los países donde anidaba el imperio del dinero [En
este punto me relató quince batallas como heroicas, con cruentas represiones y
masacres, donde no hubo nombres de héroes y estas batallas se conocen con el
nombre de las ciudades donde se libraron, nombres antiguos que no anoté ni
recuerdo].Fue una guerra ganada sin poder tirar un solo tiro de nuestra parte,
a pesar de tener muchos muertos en las protestas; la fuerza explosiva estaba en
los gobiernos del empresariado: esperando un solo disparo nuestro para poder
exterminarnos al grito de ‘¡terroristas!.’.”
Estaba todavía en la sorpresa de lo fantástico de este relato,
Juan estaba haciendo de ojear el panorama y me sonreía, en ese momento pensé
que en esa sonrisa había algo de burla o complicidad. Quizá sea un relato desde
el futuro, pensé, y estaba equivocado.
“Una vez ganada definitivamente la guerra que
llamamos de restitución, todos los países se disolvieron en una acción democrática
global de gestiones locales, con plataformas regionales y globales; se derogó
la superpropiedad y la acumulación financiera, es ahí cuando termina por fin la
edad del capitalismo y comenzó una pequeña era que llamamos de reparación. Los
grandes bienes de producción eran públicos con gestión de los trabajadores. La
tierra volvió a ser comunitaria y su utilización bajo votación de cantones. El dinero
ya no era acumulable, sino que se degradaba y quedaba solo un banco único,
público y de conformación democrática, heredado de la vieja alineación de los
países socialecológicos, un banco que se desmembró hasta que ya no existiera. En
menos de dos siglos ya no existía el dinero. En este proceso se fue gestando
una administración mundial del conocimiento. Esto fue una organización mundial
abierta en base a un conocimiento de la administración del mundo, donde todas
las decisiones se tomaban según un diálogo razonado abierto y global, donde la
administración de esos diálogos estaba predeterminada solo en reglas, reglas
que cambiaban según necesidades y consenso. Fue duro cambiar de un conocimiento
de la extracción y producción a una de la conservación, recuperación y
equilibrio. Así el planeta se restauró a lo natural, con las especies que
pudimos rescatar, la población mundial fue una sola hermandad mundial de la
diversidad, todavía con varios idiomas. Se destruyeron las grandes máquinas
mineras e industriales, se desactivaron las bélicas. Los grandes comercios
también se redujeron a mercados de abastecimiento de productos locales, hasta
desaparecer estos mercados también. La población se redujo por voluntad de los
mismos humanos de la era reparadora. La basura fue la gran labor, encontrarla,
separarla, desactivarla; los metales ya sobraban y se compactan dos veces, una
por la obra humana y después por la obra de la naturaleza ya que se
incorporaron a grandes presiones de tierra. Cada plástico fue desintegrado,
cada máquina desarmada y cada engranaje fundido. El gobierno era la asamblea permanente
de la humanidad según el orden de prioridades permanentemente votados y
discutidos. La investigación, esta vez hecha para acompañar la naturaleza y no
para destruir, como en el modelo científico, fue el trabajo y ocupación casi
obligatoria para todo ser humano. En esta época las personas adquieren un gran
conocimiento y respeto por la naturaleza, conocen sus secretos, sobre todo del
calor y del movimiento. Todas las investigaciones, descubrimientos y patentes han
sido liberadas y las universidades pasaron a ser públicas. Las investigaciones fueron,
desde un principio en esta era, invertidas por las universidades y libres de
todo comercio. Así, el conocimiento fue desarrollado más rápidamente y más
eficazmente en una red mundial abierta, que avanzaba en el descubrimiento, teorías
y postulados de todos los conocimientos. Estos últimos postulados les permitían
aplicarlos en técnicas para grandes movimientos de tierra, agua y cualquier elemento
con muy poca energía; en realidad, aprovechando la energía justa de la
naturaleza. Con solo cantar puedo destruir una montaña, con un soplido
rehacerla, el calor de esta taza de té puede evaporar un mar entero. El
conocimiento, usado para prevenir el funesto pasado empresarial, se volvió cada
vez más obligatorio.”.
Ya nos habían servido las masitas en esa pequeña casa de té en el
Barrio del Castillo de Viña del Mar, a una manzana cercana de lo que fuera el
Palacio de vacaciones del sangriento tirano dictador Pinochet. Desde las
ventanas se veía una bella tarde de mar sobre la parte costera de la ciudad, en
azules y amarillos. Intuía que la señora Umala, nos estaba diciendo qué es lo
que iba a pasar, después que venciéramos el capitalismo. Por un momento razoné
[mal, como siempre] y quise sumar a Juan en mi burla: o esta mujer está conjeturando
[o delirando] con el futuro o, peor que eso, debo pensar que viene del futuro. Pero
no, Juan parecía estar pensando en otra cosa, mirando para otras mesas mientras
la señora me hablaba y, además, nunca estuve tan equivocado: todos venimos del
pasado alguna vez.
“La humanidad se había reconciliado a sí misma y con
el planeta, teníamos ahora un planeta de ecología equilibrada, en el tiempo en que
las grandes máquinas eran ya innecesarias. La tierra gozaba de buena salud y respiraba
normalmente. En ese momento los humanos vivíamos en pequeños núcleos humanos
conectados en forma de red planetaria; cada uno de ellos unidos a su tierra
local en una comunión de salud, respeto natural y desarrollo consciente de un
proyecto de humanidad que conviva con el mundo. La humanidad se dedicó a si
misma y a su futuro, y en este dialogarse seriamente a sí misma fue a enfrentarse
con su propia naturaleza errática, dialéctica, utópica y humana. Comenzaron así
grandes discusiones sobre el proyecto de humanidad que soñaba cada aldea y cada
humano, los temas sobre la permanencia feliz de las generaciones futuras. Tales
temas incluían, si se debía ser más independiente una aldea de otra, si debía
tenerse un solo idioma, si la educación debía ser libre o conservar las
escuelas tradicionales, la formación rígida en los cuatro conocimientos [ya
veremos cuáles son los cuatro conocimientos] de cada niño en escuelas
integradas, etc. Todas estas discusiones llevaron a que, desde muy temprano o
en su momento, algunas aldeas, o parte de la población de ellas -en la mayoría
de los casos-, decidieran plantear su propia huida de esa relación global, y
decidieran iniciar una nueva historia, renunciando a toda comunicación,
educación y lazos a la historia. Estos grupos humanos decidieron iniciar su
propia existencia en la tierra renunciando a absolutamente todo el conocimiento
anterior, imitando a la supervivencia de los animales, que consideraban más
sabia que la humana. Otros decidieron ir a vivir a la selva solo con el conocimiento
transmisible solo al habla, renunciando a todo sistema de escritura, que
consideraban el conducto que había incubado y desarrollado todos los males de
la humanidad. Otros fueron a la selva solo con el conocimiento rescatado de las
antiquísimas culturas indígenas. En fin, cada una se fue para hacer su propio
proyecto de humanidad. Muchas de estas se fueron de nuestra civilización global
o central, con sentimientos de emancipación; otras pocas, con rencor; maldiciéndonos,
nos llamaban “el nuevo imperio”. Lejos de ello, solo queríamos hacer una
civilización que nos hiciera libres, a la vez de no repetir por nada del mundo
los errores pasados. Se les llamó “tribus” para diferenciarlas en alguna forma de
nuestras aldeas en red. A estos pueblos “se les permitió ir”, en alguna forma
de decirlo, pues es parte de nuestro inclaudicable sentido democrático. No hay
forma de retener alguien que quiere irse; ni íbamos a andar matando a quien se
fuera, mucho menos. Y forjamos el camino, en una discusión bastante acalorada
quedamos en tener un solo idioma, un solo alfabeto –que después fue cambiado
como te contaré-, la enseñanza rigurosa de los conocimientos y el desarrollo de
un nuevo conocimiento o forma de vivir el mundo en el mundo.”.
Afuera la tarde vestía de un viejo azúl de mar, mientras la sala olía
amigable canela y té, daba la sensación que nos iba a agarrar los chuschos de
frío regresando en transporte público hacia Valparaiso. Nunca antes nos
habíamos puesto a pensar qué haríamos una vez terminado el capitalismo, no
solamente nos daba elementos para continuar, sino también los problemas que
podríamos tener después. No, no era el futuro lo que relataba, era algo más
real e increíble que la historia de otro mundo, era otra lejana historia, enterrada
de cristianismo arena y sangre.
“En este mundo reparado, que duró más de diez mil
años, la humanidad desarrolló diversas técnicas y conocimientos. Exploró los
límites de los cielos, el fondo de los mares y el centro de los volcanes; y
para algunas cosas tuvimos que crear a nuestros “primos” que no son otra cosa
que humanos también, moldeados genéticamente para que puedan vivir, sin
implementos de ningún tipo, en otros planetas o en el fondo de los océanos. Por
ser distintos, también hicieron su propia autonomía. Tal vez son los únicos que
se salvaron de todo lo que ocurrió después; siempre estuvieron presentes y nos
auxiliaron más de una vez. Cada uno de nosotros llegaba a los ocho años con los
cuatro conocimientos completos: el conocimiento de la energía viva o biología,
como podríamos decir ahora, pero contiene también la medicina y el conocimiento
de uno mismo en sus propias fuerzas; el de las energías simple o elemental o física
y química, como lo conocen ahora, pero más las propiedades cíclicas y dinámicas
de cada elemento; el de las formas o matemáticas y todo arte formal, de una
forma tal que muchos matemáticos todavía no pueden comprender esas ecuaciones
dejadas en nuestras bibliotecas; y el conocimiento del camino o de la historia,
que contiene el análisis de todo lo social incluido el de biografía personal incluida
genealogía, cómo es y cómo ser en el mundo y en la enseñanza de evaluar y no
repetir los errores personales, de asociación y de la historia. Es decir que a
esa edad de ocho años, el niño era lo que hoy en día es un abogado, ingeniero,
historiador, filósofo, físico, químico, biólogo, psiquiatra, veterinario, etc.
todo junto e integrado. El desarrollo técnico o de conocimiento práctico, o de
alguna forma que la ciencia en este momento no puede clasificar, ha sido el
desarrollo de las habilidades humanas en el manejo de la energía y de la
comprensión real. Se fueron formando las cuatro universidades que correspondían
cada uno de los conocimientos. O sea, que había como una escuela primaria en
los cuatro conocimientos; cuando tenía ocho años, ya sabía todo lo básico que
debía saber, luego le restaba pensar. Así, luego de esa edad, elegía una de las
cuatro universidades. La universidad es solo una especialización, para que
durante toda su vida contribuya al desarrollo de uno solo de esos cuatro
conocimientos. En cada una de estas universidades había conocedores de
conexión, actualizados de las pertinencias de los otros tópicos para plantear
problemas comunes. Además de ello, cada una de las escuelas elaboraba tiempos
de actualización destinada a los que asistían a otra universidad. El
conocimiento siempre fue lo más valorado, aunque haya que saber miles de años
de conocimiento. En lo demás, para los aldeanos, solo quedaba la aventura
deportiva y el arte. De forma alguna las prácticas deportivas incluían ninguna
clase de daño, ni siquiera roce alguno con las tribus renegadas o indígenas.
Los deportes tenían que ver con la forma de educación y sobrevivencia, pues así
se conocía, se comía y se relacionaba con la naturaleza. A estas alturas muchos
de nuestras aldeas empezaban a quejarse de las tribus, esas las que alguna vez
habían renegado de nuestra civilización central y, luego de varios cientos de
años, desconocían ya a esta civilización global como parte de ellos. Aún con
armas rudimentarias, los ataques molestaban mucho la paz de nuestros pequeños centros
humanos. Comenzamos a corrernos a zonas menos pobladas, o a unirnos con otras
aldeas que todavía no tenían ese problema. En realidad había dos clases de sociedades
renegadas o tribus: las que conservaban algunos conocimientos desde la
civilización central y las que habían abrazado el primitivismo renunciando a
todo conocimiento y comunicación escrita. Aquellas que conservaban algún
conocimiento, hacían esa conservación en forma de casta religiosa que, en el
trasfondo de los tronos, gobernaban esotéricamente, a través de los miedos de
los reyes, oprimiendo a poblaciones enteras. Nuestras aldeas, con las tribus,
ya casi nada tenían en común, solo la especie humana. El arte, en nuestra
civilización central, también se había desarrollado como expresión artística
social, crítica, simbólica, esteticista, pedagógica e integrada al ambiente; en
una arquitectura, por ejemplo, que era inalcanzable al profano, era toda la
expresión de nuestra espiritualidad y biología. Estábamos viviendo una madurez
cénit de la humanidad que fue interrumpida, como toda primavera.”.
Estaba totalmente absorto con lo que me decía, solo quedaba mi
mente escuchándola, pensando en lo poco que había estudiado en Teorías de las
ciencias sociales. Ahora entendí, estaba contando la parte que siempre faltó de
la historia: si la humanidad tiene más de cincuenta mil años, solo conocemos
los últimos cinco mil ¿Dónde estuvimos ese 90% de tiempo faltante de la historia?
“El arte, con profundidad de integración de todos
los elementos humanos, había llegado tan lejos que hasta las mismas letras se
fueron convirtiendo en dibujos, lineales, bidimensionales, rápidos, hermosos y
tan simples que hasta un niño los podía hacer. Con ellos se podía leer más
rápido sin pensar en sonidos ni letras ni gramática, para aprender más rápido,
más directo, más bello y con más niveles de lecturas que las letras actuales.
Dibujos que podían hacerse en la tierra, con luces, sobrerelieve, bajorelieve, en
esculturas, en el papel, etc., un idioma gráfico que no caducara jamás. Innecesario
era, para entenderlo, hablar nuestra lengua. Lengua que, por cierto, poco hablábamos:
nos comunicábamos con la mente; ella transmite estas frecuencias y podemos
comunicarnos hasta el otro lado del planeta o hasta el fondo del océano. No te
preocupes, no somos muchos los que quedamos de esa civilización central, te
diré que somos algo así como cincuenta en todo el planeta. En esa época éramos
muchos todavía y eran muchas las aldeas esparcidas en el mundo, amenazadas
todos ya por las incipientes civilizaciones tribales. Decidimos ir a vivir a un
solo lugar donde no haya peligro, pero no en el fondo del mar ni en otro mundo,
pues para ello teníamos que mutar y no queríamos; siempre estuvimos apegados a
esta primigenia naturaleza humana, no porque hayamos creído que hay algo
superior en nosotros, sino porque está en nuestra conciencia está la convicción
que todo lo que amamos de humanidad es posible. Podía ser en cualquier lado: en
el hielo, en las montañas, en islas donde podríamos haber elegido vivir.
Propusimos a todos crear un proyecto, lo que involucraba lo estético por
cierto. Este proyecto artístico, que no era otra cosa que una vida en común en
un solo lugar, fue ganado por el desierto de arena, todo un símbolo de la nada
y el mejor lugar para la creación; el desierto, que ofrece un solo color y mil
matices, donde se puede esconder lo majestuoso o mostrar una ilusión, una maravilla
para cualquier minimalista de esta época, arena y más arena, piedra. Los que no
quisieron se fueron a las islas, creo que en definitiva tuvieron razón. La
seguridad estaba alcanzada, ninguna tribu vivía en el desierto ni quería
hacerlo, las tribus andaban y guerreaban por zonas fértiles.”
Soy bastante incrédulo, pero esta vez me había puesto nervioso.
Estaba absorto y fascinado, y eso me produce mucha inseguridad, lo admito,
desconfianza. No es lo mismo pagar para ver un espectáculo de magia, a que una
gitana intente convencerte cuando te detiene en la calle. Tal vez ni uno ni
otro ejemplo son correctos, estaba totalmente convencido de lo que estaba
escuchando intentando encontrar alguna parte crítica para tumbarla. Pedí
permiso para ir al baño, un baño muy de casa de familia, lo que me volvió un
poco a la realidad y dar un poco de seguridad; me lavé la cara y volví para
seguir escuchando. Por un momento vi por la ventana el maravilloso atardecer de
Viña del Mar, incomparable y gratuito.
“Qué maravilla ver las formas más básicas sobre la
arena, un lugar en este planeta donde todo tenía nuestra forma, la del
pensamiento, la de la imaginación, la de la arena, sin tener que camuflarnos en
la vegetación caprichosa de una selva. Nos ganó a todos la idea de este
proyecto. El lugar elegido fue el desierto, sí, pero no cualquier desierto de
arena, sino uno que no estuviera como transito de nadie, allí no se iba a
ningún lado, allí fuimos. Un grano de arena es la viva liberación de las partes
que antes formaban un sólido perfecto, una piedra, sin dejar de serla, forma
sin forma pero conservando la textura y fuerza de su origen. Eso significó
libertad creativa por bastante tiempo. Las grandes construcciones, como
inmensas pirámides, pilares, monumentos, también tenían el sentido de dar temor
a las tribus cercanas. Alimentarse era fácil con un pequeño comercio con las
tribus cultivadoras más vecinas u otras tribus pacíficas que traíamos de otros
lados. Estuvimos ahí setenta siglos y cometimos, sí, varios errores. El primero
fue tratar de amigar a todas las tribus, incipientemente beligerantes en amigas
comerciales. Otro error, más cercano, fue intentar hacer un monoteísmo que
normalizara a toda esa humanidad de tribus beligerantes, comenzando por nuestro
propio reino del desierto. Fue un gran error y a la vista están las
consecuencias. Nos dimos cuenta a tiempo, pero cómo se hizo el monoteísmo a la
fuerza, se siguió profesando a la fuerza y los forzados forzaron a otros,
multiplicándose los mismos sometidos por nada. A estos violentos les abrimos el
mar para que pasaran a la tierra de los guerreros. Eran tantos, que unos
lograron cruzar y otros quedaron perdidos en una tormenta de arena. A través de
miles de años siguió usándose la fórmula de las cuatro universidades. Un método
pedagógico que utilizamos a partir del texto dibujado, sobre todo en la escuela,
fue la invención del mito; como una integración de la narración, la fábula y
las leyes del nuevo conocimiento. Parecían fabulosos y ambiguos, pero no lo
eran, eso era un juego que solo se descubría su coherencia conociendo todo el
texto, el juego estaba en comentar de varios el texto, una método pedagógico dialógico
y social en un saber comunitario. Sabíamos -y lo habíamos discutido bastante
tiempo- las nuevas civilizaciones, las ex tribus, nos iban a enfrentar tarde o
temprano. Si bien el desierto no les era atrayente, cada tirano soñaba con
conquistar la tierra de los grandes monumentos. Sabíamos que esos ejércitos se
prepararían algún día para llenarnos de sangre… y no queríamos matar a nadie,
demasiado con tener que soportar que se maten entre ellos. Resistir
exterminándolos habría sido revivir otra vez todas las equivocaciones de la
historia. Llamábamos a las tribus o las resistíamos, esa era la discusión desde
la plataforma democrática, y ese era el dilema. Hasta eso lo resistíamos
haciendo grandes movimientos de arena contra sus ejércitos, tirándoles el mar
encima cuando ya no quedaba otra salida. Pero eso no podía durar por la
eternidad. Resistirlos ya no, no queríamos seguir matando ejércitos, personas,
seres humanos. Que se mataran entre ellos o se mataran solos, era cuestión de
ellos. Hacía milenios que habíamos dejado de matar y esa era una de las razones
fundamentales por la que nos valorábamos como humanos. Por otro lado, tampoco
se podía convencerlos de nada, venían con su carga de creencias religiosas,
venían mesiánicamente a imponerlas. Entonces nuestra solución fue la de
dejarnos “invadir”. De esas culturas guerreras y volcánicas, elegir alguna para
invitarlos a invadirnos, a la vez mostrarles lo que llamamos milagros para que
creyeran que nuestros mitos eran una explicación mucho más avanzada que las de
sus propias deidades y controlar con el esoterismo. Es por eso que muchos mitos
actuales se parecen en nacimiento y caracteres. Tuvimos entonces el primer rey
de la civilización invasora, pero atrás estábamos las cuatro universidades en
donde nos agrupábamos todos nosotros, ahora nos habíamos hecho llamar las
cuatro Escuelas Sacerdotales. Es solo una enseñanza vieja de la historia:
cuando hay un tirano o dictador, realmente gobiernan los brujos y esotéricos,
que amenazan al tirano con lo que hay que hacer bajo la pena de que toda la
culpa recaerá sobre su cuerpo o el futuro de sus seres queridos. Las guerras
hechas por estos grandes reyes, que eran pocas, fueron defensivas, y ayudadas
por nosotros en muchos casos. La fórmula tuvo buen resultado al principio y el
objetivo, retraído, fue comenzar a expandir nuestros mitos, esos que antes
servían solo para recordar nuestros conocimientos, ahora para inocularlos desde
la religión de los otros para lograr la paz, luego reproducirnos en el
conocimiento y hacer adelantar a la humanidad a pasos agigantados para saltear
la etapa del capitalismo. Como verás, no se consiguió pero lo intentamos. Las
mismas religiones de estos pueblos “enemigos” habían desarrollado un libro de
contramitos para no poder ser influenciados por nosotros, un libro en el que
creían renunciando a toda razón o existencia, un libro para el que el árbol de
la sabiduría era un pecado en sí. En general el conocimiento es vivo, por lo
cual deberíamos odiar los libros, pero en la práctica son un buen comienzo. Comenzamos
a hacer libros de todo el conocimiento en los idiomas y letras que se usaban en
los pueblos guerreros. De alguna forma nos introducimos, formamos escuelas de
sabios, hicimos bibliotecas, las quemaron varias veces, rehicimos algunas. Los
fundamentos religiosos tenían el fin de mantener un poder patriarcal, por
ejemplo con la mentira de la obediencia femenina, de sometimientos de castas
“por orden de Dios”. Estos mitos profanos que tuvieron su origen en el
desprendimiento de esas tribus, tenían su coherencia al principio. Luego fueron
añadiéndose los vicios patriarcales y muchísimos más que podemos ver, aún hoy
siguen sumándoseles mitos. Mito o contramito, nuestra decadencia ya estaba en
plena deriva.”
Volvía a pensar una y otra vez, mientras la escuchaba, sobre nuestros
procesos de emancipación en el capitalismo, o empresariado, como decía ella.
Cómo evitar que suceda nuevamente el empresariado. Pensaba que esta historia
que me contaba no estaba determinada, seguía siendo pugilística –en contra del
determinismo histórico-, pero bastante predecible en su decadencia. Por la
ventana se veía ese instante en que en una distracción vuelve el cielo de tarde
en noche, afuera estaba el cielo azul áspero y abajo las luces del alumbrado
público de la avenida de la playa. En algún momento tuve una contrariedad al
sentir que disfrutaba la vista que disfrutaba un genocida.
“Mientras asesorábamos a los grandes reyes en el
desierto, éstos no pocas veces renegaban o censuraban nuestras escuelas
sacerdotales, a algunos de los compañeros debíamos mandarlos a otro lado entre
urgencias. También hacíamos escuelas en las distintas culturas; muy distintas
aparentemente a nuestras escuelas, pero depende de la civilización que
abordábamos. Y los discípulos después hacían escuelas, muchas veces empezaban
como ascetas y terminaban haciendo discípulos, otras veces hacían conventos en
las montañas como edificios escuelas. Lo gracioso –o lastimoso para nosotros-,
son aquellos que solo aprendían de fragmentos discipulares referidos a solo un
conocimiento; así, muchas veces estos falsos conocedores tomaron renombre como
muy eruditos, pero de sabiduría no tenían nada. Sabiduría, como un conocimiento
aplicado a todos los estadios del ser humano: ser feliz en tal lugar del mundo
y de la historia. Otros sacerdotes se fueron e hicieron ciudades donde las
civilizaciones no podían llegar o eran fuertes naturales. Terminaron invadidos,
asesinados o rescatados por los primos del agua, y esas grandes civilizaciones
se hundieron para siempre. Al juntarnos como escuelas sacerdotales de los reyes
del desierto, hicimos un templo para todas las universidades en una misma isla del
río, artificial, fortificada, cerca de la ciudad del desierto. Ya no
confiábamos siquiera en los propios reyes, los que conjuraban seguidamente en
contra nuestra. Sentíamos estar a punto de ser invadidos en cualquier momento. Los
grandes reyes ahora habían tomado como esclavos a las tribus que antes nos proveían
comida. Nuestra separación era inminente, no podíamos seguir atrás de o
dirigiendo esas barbaridades. Quisieron imitar nuestras grandes construcciones,
haciendo algunas al principio que son una vergüenza y, luego, a costa de muchas
muertes y sacrificios, hicieron construcciones parecidas. Ahí tienes la
explicación porqué algunas construcciones de miles de años más antiguas son
mejores que otras más nuevas. Entre eso, en que los sacerdotes procurábamos que
no hubiera tantas muertes, también nos hacíamos de alguna forma imprescindibles
-en una ingeniería rudimentaria que les dábamos- y no permitíamos que se
esclavice tanto a las pequeñas tribus. Sabíamos que el final llegaba, o ya
había llegado hacía tiempo. Abandonamos el desierto y nos esparcimos en el
mundo nuevamente, no podíamos influenciar las grandes civilizaciones que se
enfrentaban, solo quedaban dos posibilidades: imponernos en el planeta por
medio de la violencia o resistir. Ninguno, incluida yo misma, estuvimos de
acuerdo con la violencia, aunque igualmente fuera tema de discusión. Viendo
este horroroso capitalismo nuevamente, con sus opresiones, violencia, guerras mundiales,
explosiones nucleares, guerras frías, sucias, dictaduras, genocidios empresariales
y financieros, asimetrías… aún hoy hablamos si es que fue un error no imponerse
por la violencia, concluimos siempre en que no, aunque nunca quedemos bien
convencidos en el fondo. Igualmente siempre estuvimos haciendo alternativas de
resistencia, impulsando bibliotecas, universidades, dando y protegiendo
conocimientos, fundando sociedades, a veces secretas, desde los obreros menos
calificados, influyendo en escritores, filósofos, astrónomos y, otras veces
asumiendo ese papel con grandes peligros. Casi siempre entre las sombras, por
lo increíble que puedan parecer nuestros conocimientos y porque llevamos
secretos elementales, el de la vida, del universo, de un fin, el de un planeta
y una historia. Hemos sido perseguidos de todas formas, muchas veces nuestros
proyectos de resistencia terminaron en crucifixiones, hogueras, torturas y
exterminio; y por ahí creemos que existen grupos que saben muy bien de
nosotros, estamos seguros. También hemos tenido victorias libertarias y
académicas; y, en el filo de la prosopopeya, nos arrogamos directa o
indirectamente todas las victorias, aunque sean pocas todavía. Pertenezco a la
escuela de la Historia. Mi nombre ha cambiado a través del tiempo, la lista de
esos nombres deberían representar una estirpe; pero no, yo sola soy todos esos
nombres. Como verás, el grabador no te sirvió de nada, no he movido una sola
vez mis labios, salvo para beber de esta taza. Gran parte de esta historia la
he vivido porque otro de nuestros tantos secretos es el ciclo de la vida y la
muerte. Todos estos secretos los transmitiremos si llegan a vivir cuando ganen
la batalla emética al capitalismo.”
Era verdad, no había nada en la grabadora, solo unos minutos de
sonidos de la casa de té, hace diez años ya el año 2000. De quien me contactó
con ella, Juan, si de verdad se llama así, tampoco lo volví a ver, y de aquel
momento no era tan común siquiera el e mail. Bajamos del barrio del Castillo
con un frío que casi nos abrazamos con Juan, pero en silencio. En realidad el
silencio que tuve en llegar a la parada a la orilla del mar y en el colectivo,
era una cuestión de respeto de Juan hacia lo que estaba pensando, memorizar y digerir
a la vez. Ahora entiendo por qué hice bien en callar cuando dijo que la
historia de la humanidad comenzó (otra vez) con la invención de una máquina de
vapor, no antes, ni después, ni ha vuelto a empezar la misma historia. Sigo
pensando que la historia no está determinada, que la historia es pugilística; y
que lo cíclico, más que la historia, son los errores cuando uno no los tiene en
cuenta. La era más cruel y dolorosa de la humanidad -da vueltas su voz en mi
cabeza- ha comenzado con una primera y vaporosa máquina de capitalismo.
Ciudad de la Nueva Orán, octubre de 2010