lunes, 10 de febrero de 2014

PEQUEÑA HISTORIA DE LA HUMANIDAD




Para una verdadera historia de la humanidad

Tardé bastante en animarme a contar esta Historia, qué digo diez años, o digo veinte mil años, y esta última exageración se irá haciendo realidad a medida que se enteren. Qué importa si lo creen o no ya, solo quiero sacar el entripado, la culpa por la tardanza de la palabra empeñada; voy a relatar todo- tal- cual como pasó. Para quienes no me conocen soy abogado de derechos humanos, lo que es una vocación de indigencia, muchos enemigos, paisajes desolados (represiones aquí, torturados allá, pobreza por doquier), no sin un poco de aventuras de por sí muy peligrosas: cortar alambrados a medianoche, ser amenazado por comisarios y, de tanto en cuando, ser enjuiciado por injurias o usurpación. Lo que relataré sucedió el primer año de este siglo, con el neoliberalismo que era, en sentido grimoriano, el pandemónium que devoraba a la humanidad y al planeta. Los luchadores sociales (piqueteros, pobladores originarios, campesinos, feministas, ecologistas, etc.) comenzaban a hacer encuentros, bajo el ejemplo y pensamiento de lo que sucedió en Seattle, preparaciones para lo que después serían los grandes foros en los que participarían los grupos organizados de base, definiendo nuevas clases de luchas, ya que habían fracasado guerrillas y movimientos trotkistas o maoistas en Latinoamérica. Nacíamos los nuevos subversivos, los subalternos. Esta vez estábamos en Valparaíso, era mi segundo viaje a estos encuentros preparatorios; el primero había sido en Asunción, un año antes. Agendas concentradas para dos días, realmente jornadas agotadoras. Todavía encontrábamos a ex combatientes de las guerrillas para los cuales la única verdad era la teoría del foco guerrillero, que no querían aceptar o discutir otras estrategias. En eso se perdía gran parte del tiempo en los grupos que conocí (tierra, cultura y corrupción policial). Respetables, pero muchos buscábamos otros caminos. Luego de esas jornadas, de haber  compartido algo de sabiduría mapuche y diaguita, de haber conocido increíbles feministas y luchadores, había planeado estar dos días más en esa hermosa ciudad y hacer turismo como a mí me gusta: la historia social de sus esquinas: que en esa calle había nacido tal canción de Víctor Jara, que más allá los carabineros de Pinochet fusilaron a unos muralistas, que O’Higgins y San Martín, que Jodorowski y Neruda, y Osorio, Stranger la avenida España… Visitar la historia social de un lugar es para mí el turismo más apasionante, mejor que placentero. Conocí un guía de lujo, Juan, un músico y militante de izquierda que se las traía. Había llegado de noche y caí en un bar cualquiera de Valparaiso, cansado, un comarqueño con una guitarra y un instrumento mapuche subió a lo que se llamaría escenario, que era una tarima pequeña en una esquina del bar, y comenzó a cantar  en Mapuche, luego instruyó simpáticamente a todos para que hiciéramos unos tonos con la canción cuando moviera el sonajero y todo el bar acompañó otra canción que, también cantada en mapuche, y aunque no entendiéramos el idioma, todos nos sentimos parte. Lo felicité y me uní en su mesa que ya contaba con dos compañeros más y nos hicimos muy amigos. Al otro día, ya tarde cuando salí del encuentro, me mostró la ciudad como realmente quería verla con todas las historias vereda vereda pared y pared, fuimos a algún lugar a tomar cerveza con pisco, donde tocaran música artistas del lugar. En la segunda tarde me dijo Juan que quería presentarme a alguien que no había estado en las jornadas y nos fuimos a Viña del Mar, una playa clara en esa parte del día en la que el sol esconde sus últimas llamaradas. Una hermosa mujer, Umala, como de cincuenta años, vestida comúnmente pero con prolijidad, de tez muy blanca y cabello sin teñir canas. Me dijo, con un tono casi solemne, que tenía una historia para contarme. Macanudo, dígame, le dije, prendí un grabador VOR que siempre llevaba. Iba a contar la historia de la humanidad entera, no lo dijo y tampoco era posible imaginarlo. Pidió hacer promesa de ser lo más fiel posible a lo escuchado. Los corchetes son propios, alguna manera de organizar la memoria.
“Usted ahora sabrá, toda la historia de la humanidad comienza con la invención de una máquina de vapor que ayudaba, en una mina, a sacar más carbón de la tierra. Los niños seguían trabajando allí hasta que exhalaban el líquido negro de sus pulmones; solo entonces eran reemplazados por otros niños sanos …”
Así comenzó su relato, quise interrumpir, decirle que ya sé esa historia ya la conocía, que es la historia de la máquina de Savery, en Inglaterra, a los comienzos de la explotación industrial. Fué mejor no hacerlo. Tenía una voz profunda, femenina, “shilena”, grave.
Siguió diciendo “…La máquina no facilitaba a los niños su trabajo, solo potenciaba la extracción al empresario. Con este hecho inicia la llamada era industrial y con ella la destrucción del hombre, de la mujer y de la naturaleza, por el hombre. Ahora le llaman capitalismo. La codicia, más que liberada, racionalmente organizada, nunca razonablemente. Y no más de un puñado de familias gobernaba un mundo de guerras y hambre, acumulando tanto dinero que podían comprar cinco planetas, mientras destruían y agotaban este planeta, con más ganancias todavía. El precio fue que extinguieron la mayoría de las especies animales y vegetales, este mundo casi queda sin bosques naturales, atestado de residuos, superpoblado y con poblaciones despojadas hasta de sus mismos países. Toda esa devastación solo en tres siglos y una pizca así de años…”.
Claro, todo eso lo sabía, recuerdo que en ese momento agarré el grabador con la intención de apagarlo, por alguna razón –o por la mirada benévola de mi entrevistada- no lo hice. También me impacientaba saber qué podía seguir luego de esa síntesis.
                                   “Fue una larga lucha crear conciencia desde los movimientos ecologistas, contraconsumo y antiempresariales, para poder construir una civilización que pudiera reparar el planeta. Muchas veces el tiempo parecía el peor de los enemigos. Primero hubo que abrir los ojos a la humanidad sobre que los medios de comunicación cooperativos son los únicos que informan, a la vez que los medios de comunicación corporativos o empresariales, grandes o pequeños que fueran, eran los enemigos más crueles. Hubo guerras en todos los niveles y deserciones por ambos lados. Solo la decisión urgente de terminar con el empresariado, que solo causaba contaminación y depredación, fue lo que salvó al mundo. En un principio, unos pocos países, los países socialecológicos, comenzaron a alinearse en este sentido. Fueron tildados de tiránicos, terroristas, despóticos, demagógicos todos y en cada uno de ellos, hubo intentos de asesinato de sus líderes, desestabilizaciones financieras, desabastecimientos, inflaciones pensadas desde los grandes conglomerados comerciales, francotiradores, sicarios. Algunos tuvieron golpes de Estado bajo el disfraz de la “institucionalidad”, “constitucionalidad” o “legalidad”; pero al final, los que lograron preservarse, pudieron llevar a cabo las transformaciones y ser ejemplos para las sociedades y militantes en todos los otros países. Los países industrializados comenzaron a dar bombardeos pero tuvieron que frenar porque sus mismos ciudadanos luchaban pacíficos, intestinamente, sin descanso, en contra de políticas de guerra de sus propios países. Fue entonces cuando las batallas empezaron a darse dentro de los países donde anidaba el imperio del dinero [En este punto me relató quince batallas como heroicas, con cruentas represiones y masacres, donde no hubo nombres de héroes y estas batallas se conocen con el nombre de las ciudades donde se libraron, nombres antiguos que no anoté ni recuerdo].Fue una guerra ganada sin poder tirar un solo tiro de nuestra parte, a pesar de tener muchos muertos en las protestas; la fuerza explosiva estaba en los gobiernos del empresariado: esperando un solo disparo nuestro para poder exterminarnos al grito de ‘¡terroristas!.’.”
Estaba todavía en la sorpresa de lo fantástico de este relato, Juan estaba haciendo de ojear el panorama y me sonreía, en ese momento pensé que en esa sonrisa había algo de burla o complicidad. Quizá sea un relato desde el futuro, pensé, y estaba equivocado.
“Una vez ganada definitivamente la guerra que llamamos de restitución, todos los países se disolvieron en una acción democrática global de gestiones locales, con plataformas regionales y globales; se derogó la superpropiedad y la acumulación financiera, es ahí cuando termina por fin la edad del capitalismo y comenzó una pequeña era que llamamos de reparación. Los grandes bienes de producción eran públicos con gestión de los trabajadores. La tierra volvió a ser comunitaria y su utilización bajo votación de cantones. El dinero ya no era acumulable, sino que se degradaba y quedaba solo un banco único, público y de conformación democrática, heredado de la vieja alineación de los países socialecológicos, un banco que se desmembró hasta que ya no existiera. En menos de dos siglos ya no existía el dinero. En este proceso se fue gestando una administración mundial del conocimiento. Esto fue una organización mundial abierta en base a un conocimiento de la administración del mundo, donde todas las decisiones se tomaban según un diálogo razonado abierto y global, donde la administración de esos diálogos estaba predeterminada solo en reglas, reglas que cambiaban según necesidades y consenso. Fue duro cambiar de un conocimiento de la extracción y producción a una de la conservación, recuperación y equilibrio. Así el planeta se restauró a lo natural, con las especies que pudimos rescatar, la población mundial fue una sola hermandad mundial de la diversidad, todavía con varios idiomas. Se destruyeron las grandes máquinas mineras e industriales, se desactivaron las bélicas. Los grandes comercios también se redujeron a mercados de abastecimiento de productos locales, hasta desaparecer estos mercados también. La población se redujo por voluntad de los mismos humanos de la era reparadora. La basura fue la gran labor, encontrarla, separarla, desactivarla; los metales ya sobraban y se compactan dos veces, una por la obra humana y después por la obra de la naturaleza ya que se incorporaron a grandes presiones de tierra. Cada plástico fue desintegrado, cada máquina desarmada y cada engranaje fundido. El gobierno era la asamblea permanente de la humanidad según el orden de prioridades permanentemente votados y discutidos. La investigación, esta vez hecha para acompañar la naturaleza y no para destruir, como en el modelo científico, fue el trabajo y ocupación casi obligatoria para todo ser humano. En esta época las personas adquieren un gran conocimiento y respeto por la naturaleza, conocen sus secretos, sobre todo del calor y del movimiento. Todas las investigaciones, descubrimientos y patentes han sido liberadas y las universidades pasaron a ser públicas. Las investigaciones fueron, desde un principio en esta era, invertidas por las universidades y libres de todo comercio. Así, el conocimiento fue desarrollado más rápidamente y más eficazmente en una red mundial abierta, que avanzaba en el descubrimiento, teorías y postulados de todos los conocimientos. Estos últimos postulados les permitían aplicarlos en técnicas para grandes movimientos de tierra, agua y cualquier elemento con muy poca energía; en realidad, aprovechando la energía justa de la naturaleza. Con solo cantar puedo destruir una montaña, con un soplido rehacerla, el calor de esta taza de té puede evaporar un mar entero. El conocimiento, usado para prevenir el funesto pasado empresarial, se volvió cada vez más obligatorio.”.
Ya nos habían servido las masitas en esa pequeña casa de té en el Barrio del Castillo de Viña del Mar, a una manzana cercana de lo que fuera el Palacio de vacaciones del sangriento tirano dictador Pinochet. Desde las ventanas se veía una bella tarde de mar sobre la parte costera de la ciudad, en azules y amarillos. Intuía que la señora Umala, nos estaba diciendo qué es lo que iba a pasar, después que venciéramos el capitalismo. Por un momento razoné [mal, como siempre] y quise sumar a Juan en mi burla: o esta mujer está conjeturando [o delirando] con el futuro o, peor que eso, debo pensar que viene del futuro. Pero no, Juan parecía estar pensando en otra cosa, mirando para otras mesas mientras la señora me hablaba y, además, nunca estuve tan equivocado: todos venimos del pasado alguna vez.
“La humanidad se había reconciliado a sí misma y con el planeta, teníamos ahora un planeta de ecología equilibrada, en el tiempo en que las grandes máquinas eran ya innecesarias. La tierra gozaba de buena salud y respiraba normalmente. En ese momento los humanos vivíamos en pequeños núcleos humanos conectados en forma de red planetaria; cada uno de ellos unidos a su tierra local en una comunión de salud, respeto natural y desarrollo consciente de un proyecto de humanidad que conviva con el mundo. La humanidad se dedicó a si misma y a su futuro, y en este dialogarse seriamente a sí misma fue a enfrentarse con su propia naturaleza errática, dialéctica, utópica y humana. Comenzaron así grandes discusiones sobre el proyecto de humanidad que soñaba cada aldea y cada humano, los temas sobre la permanencia feliz de las generaciones futuras. Tales temas incluían, si se debía ser más independiente una aldea de otra, si debía tenerse un solo idioma, si la educación debía ser libre o conservar las escuelas tradicionales, la formación rígida en los cuatro conocimientos [ya veremos cuáles son los cuatro conocimientos] de cada niño en escuelas integradas, etc. Todas estas discusiones llevaron a que, desde muy temprano o en su momento, algunas aldeas, o parte de la población de ellas -en la mayoría de los casos-, decidieran plantear su propia huida de esa relación global, y decidieran iniciar una nueva historia, renunciando a toda comunicación, educación y lazos a la historia. Estos grupos humanos decidieron iniciar su propia existencia en la tierra renunciando a absolutamente todo el conocimiento anterior, imitando a la supervivencia de los animales, que consideraban más sabia que la humana. Otros decidieron ir a vivir a la selva solo con el conocimiento transmisible solo al habla, renunciando a todo sistema de escritura, que consideraban el conducto que había incubado y desarrollado todos los males de la humanidad. Otros fueron a la selva solo con el conocimiento rescatado de las antiquísimas culturas indígenas. En fin, cada una se fue para hacer su propio proyecto de humanidad. Muchas de estas se fueron de nuestra civilización global o central, con sentimientos de emancipación; otras pocas, con rencor; maldiciéndonos, nos llamaban “el nuevo imperio”. Lejos de ello, solo queríamos hacer una civilización que nos hiciera libres, a la vez de no repetir por nada del mundo los errores pasados. Se les llamó “tribus” para diferenciarlas en alguna forma de nuestras aldeas en red. A estos pueblos “se les permitió ir”, en alguna forma de decirlo, pues es parte de nuestro inclaudicable sentido democrático. No hay forma de retener alguien que quiere irse; ni íbamos a andar matando a quien se fuera, mucho menos. Y forjamos el camino, en una discusión bastante acalorada quedamos en tener un solo idioma, un solo alfabeto –que después fue cambiado como te contaré-, la enseñanza rigurosa de los conocimientos y el desarrollo de un nuevo conocimiento o forma de vivir el mundo en el mundo.”.
Afuera la tarde vestía de un viejo azúl de mar, mientras la sala olía amigable canela y té, daba la sensación que nos iba a agarrar los chuschos de frío regresando en transporte público hacia Valparaiso. Nunca antes nos habíamos puesto a pensar qué haríamos una vez terminado el capitalismo, no solamente nos daba elementos para continuar, sino también los problemas que podríamos tener después. No, no era el futuro lo que relataba, era algo más real e increíble que la historia de otro mundo, era otra lejana historia, enterrada de cristianismo arena y sangre.
“En este mundo reparado, que duró más de diez mil años, la humanidad desarrolló diversas técnicas y conocimientos. Exploró los límites de los cielos, el fondo de los mares y el centro de los volcanes; y para algunas cosas tuvimos que crear a nuestros “primos” que no son otra cosa que humanos también, moldeados genéticamente para que puedan vivir, sin implementos de ningún tipo, en otros planetas o en el fondo de los océanos. Por ser distintos, también hicieron su propia autonomía. Tal vez son los únicos que se salvaron de todo lo que ocurrió después; siempre estuvieron presentes y nos auxiliaron más de una vez. Cada uno de nosotros llegaba a los ocho años con los cuatro conocimientos completos: el conocimiento de la energía viva o biología, como podríamos decir ahora, pero contiene también la medicina y el conocimiento de uno mismo en sus propias fuerzas; el de las energías simple o elemental o física y química, como lo conocen ahora, pero más las propiedades cíclicas y dinámicas de cada elemento; el de las formas o matemáticas y todo arte formal, de una forma tal que muchos matemáticos todavía no pueden comprender esas ecuaciones dejadas en nuestras bibliotecas; y el conocimiento del camino o de la historia, que contiene el análisis de todo lo social incluido el de biografía personal incluida genealogía, cómo es y cómo ser en el mundo y en la enseñanza de evaluar y no repetir los errores personales, de asociación y de la historia. Es decir que a esa edad de ocho años, el niño era lo que hoy en día es un abogado, ingeniero, historiador, filósofo, físico, químico, biólogo, psiquiatra, veterinario, etc. todo junto e integrado. El desarrollo técnico o de conocimiento práctico, o de alguna forma que la ciencia en este momento no puede clasificar, ha sido el desarrollo de las habilidades humanas en el manejo de la energía y de la comprensión real. Se fueron formando las cuatro universidades que correspondían cada uno de los conocimientos. O sea, que había como una escuela primaria en los cuatro conocimientos; cuando tenía ocho años, ya sabía todo lo básico que debía saber, luego le restaba pensar. Así, luego de esa edad, elegía una de las cuatro universidades. La universidad es solo una especialización, para que durante toda su vida contribuya al desarrollo de uno solo de esos cuatro conocimientos. En cada una de estas universidades había conocedores de conexión, actualizados de las pertinencias de los otros tópicos para plantear problemas comunes. Además de ello, cada una de las escuelas elaboraba tiempos de actualización destinada a los que asistían a otra universidad. El conocimiento siempre fue lo más valorado, aunque haya que saber miles de años de conocimiento. En lo demás, para los aldeanos, solo quedaba la aventura deportiva y el arte. De forma alguna las prácticas deportivas incluían ninguna clase de daño, ni siquiera roce alguno con las tribus renegadas o indígenas. Los deportes tenían que ver con la forma de educación y sobrevivencia, pues así se conocía, se comía y se relacionaba con la naturaleza. A estas alturas muchos de nuestras aldeas empezaban a quejarse de las tribus, esas las que alguna vez habían renegado de nuestra civilización central y, luego de varios cientos de años, desconocían ya a esta civilización global como parte de ellos. Aún con armas rudimentarias, los ataques molestaban mucho la paz de nuestros pequeños centros humanos. Comenzamos a corrernos a zonas menos pobladas, o a unirnos con otras aldeas que todavía no tenían ese problema. En realidad había dos clases de sociedades renegadas o tribus: las que conservaban algunos conocimientos desde la civilización central y las que habían abrazado el primitivismo renunciando a todo conocimiento y comunicación escrita. Aquellas que conservaban algún conocimiento, hacían esa conservación en forma de casta religiosa que, en el trasfondo de los tronos, gobernaban esotéricamente, a través de los miedos de los reyes, oprimiendo a poblaciones enteras. Nuestras aldeas, con las tribus, ya casi nada tenían en común, solo la especie humana. El arte, en nuestra civilización central, también se había desarrollado como expresión artística social, crítica, simbólica, esteticista, pedagógica e integrada al ambiente; en una arquitectura, por ejemplo, que era inalcanzable al profano, era toda la expresión de nuestra espiritualidad y biología. Estábamos viviendo una madurez cénit de la humanidad que fue interrumpida, como toda primavera.”.
Estaba totalmente absorto con lo que me decía, solo quedaba mi mente escuchándola, pensando en lo poco que había estudiado en Teorías de las ciencias sociales. Ahora entendí, estaba contando la parte que siempre faltó de la historia: si la humanidad tiene más de cincuenta mil años, solo conocemos los últimos cinco mil ¿Dónde estuvimos ese 90% de tiempo faltante de la historia?
“El arte, con profundidad de integración de todos los elementos humanos, había llegado tan lejos que hasta las mismas letras se fueron convirtiendo en dibujos, lineales, bidimensionales, rápidos, hermosos y tan simples que hasta un niño los podía hacer. Con ellos se podía leer más rápido sin pensar en sonidos ni letras ni gramática, para aprender más rápido, más directo, más bello y con más niveles de lecturas que las letras actuales. Dibujos que podían hacerse en la tierra, con luces, sobrerelieve, bajorelieve, en esculturas, en el papel, etc., un idioma gráfico que no caducara jamás. Innecesario era, para entenderlo, hablar nuestra lengua. Lengua que, por cierto, poco hablábamos: nos comunicábamos con la mente; ella transmite estas frecuencias y podemos comunicarnos hasta el otro lado del planeta o hasta el fondo del océano. No te preocupes, no somos muchos los que quedamos de esa civilización central, te diré que somos algo así como cincuenta en todo el planeta. En esa época éramos muchos todavía y eran muchas las aldeas esparcidas en el mundo, amenazadas todos ya por las incipientes civilizaciones tribales. Decidimos ir a vivir a un solo lugar donde no haya peligro, pero no en el fondo del mar ni en otro mundo, pues para ello teníamos que mutar y no queríamos; siempre estuvimos apegados a esta primigenia naturaleza humana, no porque hayamos creído que hay algo superior en nosotros, sino porque está en nuestra conciencia está la convicción que todo lo que amamos de humanidad es posible. Podía ser en cualquier lado: en el hielo, en las montañas, en islas donde podríamos haber elegido vivir. Propusimos a todos crear un proyecto, lo que involucraba lo estético por cierto. Este proyecto artístico, que no era otra cosa que una vida en común en un solo lugar, fue ganado por el desierto de arena, todo un símbolo de la nada y el mejor lugar para la creación; el desierto, que ofrece un solo color y mil matices, donde se puede esconder lo majestuoso o mostrar una ilusión, una maravilla para cualquier minimalista de esta época, arena y más arena, piedra. Los que no quisieron se fueron a las islas, creo que en definitiva tuvieron razón. La seguridad estaba alcanzada, ninguna tribu vivía en el desierto ni quería hacerlo, las tribus andaban y guerreaban por zonas fértiles.”
Soy bastante incrédulo, pero esta vez me había puesto nervioso. Estaba absorto y fascinado, y eso me produce mucha inseguridad, lo admito, desconfianza. No es lo mismo pagar para ver un espectáculo de magia, a que una gitana intente convencerte cuando te detiene en la calle. Tal vez ni uno ni otro ejemplo son correctos, estaba totalmente convencido de lo que estaba escuchando intentando encontrar alguna parte crítica para tumbarla. Pedí permiso para ir al baño, un baño muy de casa de familia, lo que me volvió un poco a la realidad y dar un poco de seguridad; me lavé la cara y volví para seguir escuchando. Por un momento vi por la ventana el maravilloso atardecer de Viña del Mar, incomparable y gratuito.
“Qué maravilla ver las formas más básicas sobre la arena, un lugar en este planeta donde todo tenía nuestra forma, la del pensamiento, la de la imaginación, la de la arena, sin tener que camuflarnos en la vegetación caprichosa de una selva. Nos ganó a todos la idea de este proyecto. El lugar elegido fue el desierto, sí, pero no cualquier desierto de arena, sino uno que no estuviera como transito de nadie, allí no se iba a ningún lado, allí fuimos. Un grano de arena es la viva liberación de las partes que antes formaban un sólido perfecto, una piedra, sin dejar de serla, forma sin forma pero conservando la textura y fuerza de su origen. Eso significó libertad creativa por bastante tiempo. Las grandes construcciones, como inmensas pirámides, pilares, monumentos, también tenían el sentido de dar temor a las tribus cercanas. Alimentarse era fácil con un pequeño comercio con las tribus cultivadoras más vecinas u otras tribus pacíficas que traíamos de otros lados. Estuvimos ahí setenta siglos y cometimos, sí, varios errores. El primero fue tratar de amigar a todas las tribus, incipientemente beligerantes en amigas comerciales. Otro error, más cercano, fue intentar hacer un monoteísmo que normalizara a toda esa humanidad de tribus beligerantes, comenzando por nuestro propio reino del desierto. Fue un gran error y a la vista están las consecuencias. Nos dimos cuenta a tiempo, pero cómo se hizo el monoteísmo a la fuerza, se siguió profesando a la fuerza y los forzados forzaron a otros, multiplicándose los mismos sometidos por nada. A estos violentos les abrimos el mar para que pasaran a la tierra de los guerreros. Eran tantos, que unos lograron cruzar y otros quedaron perdidos en una tormenta de arena. A través de miles de años siguió usándose la fórmula de las cuatro universidades. Un método pedagógico que utilizamos a partir del texto dibujado, sobre todo en la escuela, fue la invención del mito; como una integración de la narración, la fábula y las leyes del nuevo conocimiento. Parecían fabulosos y ambiguos, pero no lo eran, eso era un juego que solo se descubría su coherencia conociendo todo el texto, el juego estaba en comentar de varios el texto, una método pedagógico dialógico y social en un saber comunitario. Sabíamos -y lo habíamos discutido bastante tiempo- las nuevas civilizaciones, las ex tribus, nos iban a enfrentar tarde o temprano. Si bien el desierto no les era atrayente, cada tirano soñaba con conquistar la tierra de los grandes monumentos. Sabíamos que esos ejércitos se prepararían algún día para llenarnos de sangre… y no queríamos matar a nadie, demasiado con tener que soportar que se maten entre ellos. Resistir exterminándolos habría sido revivir otra vez todas las equivocaciones de la historia. Llamábamos a las tribus o las resistíamos, esa era la discusión desde la plataforma democrática, y ese era el dilema. Hasta eso lo resistíamos haciendo grandes movimientos de arena contra sus ejércitos, tirándoles el mar encima cuando ya no quedaba otra salida. Pero eso no podía durar por la eternidad. Resistirlos ya no, no queríamos seguir matando ejércitos, personas, seres humanos. Que se mataran entre ellos o se mataran solos, era cuestión de ellos. Hacía milenios que habíamos dejado de matar y esa era una de las razones fundamentales por la que nos valorábamos como humanos. Por otro lado, tampoco se podía convencerlos de nada, venían con su carga de creencias religiosas, venían mesiánicamente a imponerlas. Entonces nuestra solución fue la de dejarnos “invadir”. De esas culturas guerreras y volcánicas, elegir alguna para invitarlos a invadirnos, a la vez mostrarles lo que llamamos milagros para que creyeran que nuestros mitos eran una explicación mucho más avanzada que las de sus propias deidades y controlar con el esoterismo. Es por eso que muchos mitos actuales se parecen en nacimiento y caracteres. Tuvimos entonces el primer rey de la civilización invasora, pero atrás estábamos las cuatro universidades en donde nos agrupábamos todos nosotros, ahora nos habíamos hecho llamar las cuatro Escuelas Sacerdotales. Es solo una enseñanza vieja de la historia: cuando hay un tirano o dictador, realmente gobiernan los brujos y esotéricos, que amenazan al tirano con lo que hay que hacer bajo la pena de que toda la culpa recaerá sobre su cuerpo o el futuro de sus seres queridos. Las guerras hechas por estos grandes reyes, que eran pocas, fueron defensivas, y ayudadas por nosotros en muchos casos. La fórmula tuvo buen resultado al principio y el objetivo, retraído, fue comenzar a expandir nuestros mitos, esos que antes servían solo para recordar nuestros conocimientos, ahora para inocularlos desde la religión de los otros para lograr la paz, luego reproducirnos en el conocimiento y hacer adelantar a la humanidad a pasos agigantados para saltear la etapa del capitalismo. Como verás, no se consiguió pero lo intentamos. Las mismas religiones de estos pueblos “enemigos” habían desarrollado un libro de contramitos para no poder ser influenciados por nosotros, un libro en el que creían renunciando a toda razón o existencia, un libro para el que el árbol de la sabiduría era un pecado en sí. En general el conocimiento es vivo, por lo cual deberíamos odiar los libros, pero en la práctica son un buen comienzo. Comenzamos a hacer libros de todo el conocimiento en los idiomas y letras que se usaban en los pueblos guerreros. De alguna forma nos introducimos, formamos escuelas de sabios, hicimos bibliotecas, las quemaron varias veces, rehicimos algunas. Los fundamentos religiosos tenían el fin de mantener un poder patriarcal, por ejemplo con la mentira de la obediencia femenina, de sometimientos de castas “por orden de Dios”. Estos mitos profanos que tuvieron su origen en el desprendimiento de esas tribus, tenían su coherencia al principio. Luego fueron añadiéndose los vicios patriarcales y muchísimos más que podemos ver, aún hoy siguen sumándoseles mitos. Mito o contramito, nuestra decadencia ya estaba en plena deriva.”
Volvía a pensar una y otra vez, mientras la escuchaba, sobre nuestros procesos de emancipación en el capitalismo, o empresariado, como decía ella. Cómo evitar que suceda nuevamente el empresariado. Pensaba que esta historia que me contaba no estaba determinada, seguía siendo pugilística –en contra del determinismo histórico-, pero bastante predecible en su decadencia. Por la ventana se veía ese instante en que en una distracción vuelve el cielo de tarde en noche, afuera estaba el cielo azul áspero y abajo las luces del alumbrado público de la avenida de la playa. En algún momento tuve una contrariedad al sentir que disfrutaba la vista que disfrutaba un genocida.
“Mientras asesorábamos a los grandes reyes en el desierto, éstos no pocas veces renegaban o censuraban nuestras escuelas sacerdotales, a algunos de los compañeros debíamos mandarlos a otro lado entre urgencias. También hacíamos escuelas en las distintas culturas; muy distintas aparentemente a nuestras escuelas, pero depende de la civilización que abordábamos. Y los discípulos después hacían escuelas, muchas veces empezaban como ascetas y terminaban haciendo discípulos, otras veces hacían conventos en las montañas como edificios escuelas. Lo gracioso –o lastimoso para nosotros-, son aquellos que solo aprendían de fragmentos discipulares referidos a solo un conocimiento; así, muchas veces estos falsos conocedores tomaron renombre como muy eruditos, pero de sabiduría no tenían nada. Sabiduría, como un conocimiento aplicado a todos los estadios del ser humano: ser feliz en tal lugar del mundo y de la historia. Otros sacerdotes se fueron e hicieron ciudades donde las civilizaciones no podían llegar o eran fuertes naturales. Terminaron invadidos, asesinados o rescatados por los primos del agua, y esas grandes civilizaciones se hundieron para siempre. Al juntarnos como escuelas sacerdotales de los reyes del desierto, hicimos un templo para todas las universidades en una misma isla del río, artificial, fortificada, cerca de la ciudad del desierto. Ya no confiábamos siquiera en los propios reyes, los que conjuraban seguidamente en contra nuestra. Sentíamos estar a punto de ser invadidos en cualquier momento. Los grandes reyes ahora habían tomado como esclavos a las tribus que antes nos proveían comida. Nuestra separación era inminente, no podíamos seguir atrás de o dirigiendo esas barbaridades. Quisieron imitar nuestras grandes construcciones, haciendo algunas al principio que son una vergüenza y, luego, a costa de muchas muertes y sacrificios, hicieron construcciones parecidas. Ahí tienes la explicación porqué algunas construcciones de miles de años más antiguas son mejores que otras más nuevas. Entre eso, en que los sacerdotes procurábamos que no hubiera tantas muertes, también nos hacíamos de alguna forma imprescindibles -en una ingeniería rudimentaria que les dábamos- y no permitíamos que se esclavice tanto a las pequeñas tribus. Sabíamos que el final llegaba, o ya había llegado hacía tiempo. Abandonamos el desierto y nos esparcimos en el mundo nuevamente, no podíamos influenciar las grandes civilizaciones que se enfrentaban, solo quedaban dos posibilidades: imponernos en el planeta por medio de la violencia o resistir. Ninguno, incluida yo misma, estuvimos de acuerdo con la violencia, aunque igualmente fuera tema de discusión. Viendo este horroroso capitalismo nuevamente, con sus opresiones, violencia, guerras mundiales, explosiones nucleares, guerras frías, sucias, dictaduras, genocidios empresariales y financieros, asimetrías… aún hoy hablamos si es que fue un error no imponerse por la violencia, concluimos siempre en que no, aunque nunca quedemos bien convencidos en el fondo. Igualmente siempre estuvimos haciendo alternativas de resistencia, impulsando bibliotecas, universidades, dando y protegiendo conocimientos, fundando sociedades, a veces secretas, desde los obreros menos calificados, influyendo en escritores, filósofos, astrónomos y, otras veces asumiendo ese papel con grandes peligros. Casi siempre entre las sombras, por lo increíble que puedan parecer nuestros conocimientos y porque llevamos secretos elementales, el de la vida, del universo, de un fin, el de un planeta y una historia. Hemos sido perseguidos de todas formas, muchas veces nuestros proyectos de resistencia terminaron en crucifixiones, hogueras, torturas y exterminio; y por ahí creemos que existen grupos que saben muy bien de nosotros, estamos seguros. También hemos tenido victorias libertarias y académicas; y, en el filo de la prosopopeya, nos arrogamos directa o indirectamente todas las victorias, aunque sean pocas todavía. Pertenezco a la escuela de la Historia. Mi nombre ha cambiado a través del tiempo, la lista de esos nombres deberían representar una estirpe; pero no, yo sola soy todos esos nombres. Como verás, el grabador no te sirvió de nada, no he movido una sola vez mis labios, salvo para beber de esta taza. Gran parte de esta historia la he vivido porque otro de nuestros tantos secretos es el ciclo de la vida y la muerte. Todos estos secretos los transmitiremos si llegan a vivir cuando ganen la batalla emética al capitalismo.”
Era verdad, no había nada en la grabadora, solo unos minutos de sonidos de la casa de té, hace diez años ya el año 2000. De quien me contactó con ella, Juan, si de verdad se llama así, tampoco lo volví a ver, y de aquel momento no era tan común siquiera el e mail. Bajamos del barrio del Castillo con un frío que casi nos abrazamos con Juan, pero en silencio. En realidad el silencio que tuve en llegar a la parada a la orilla del mar y en el colectivo, era una cuestión de respeto de Juan hacia lo que estaba pensando, memorizar y digerir a la vez. Ahora entiendo por qué hice bien en callar cuando dijo que la historia de la humanidad comenzó (otra vez) con la invención de una máquina de vapor, no antes, ni después, ni ha vuelto a empezar la misma historia. Sigo pensando que la historia no está determinada, que la historia es pugilística; y que lo cíclico, más que la historia, son los errores cuando uno no los tiene en cuenta. La era más cruel y dolorosa de la humanidad -da vueltas su voz en mi cabeza- ha comenzado con una primera y vaporosa máquina de capitalismo.
Ciudad de la Nueva Orán, octubre de 2010